viernes, 13 de abril de 2012

Capitulo 3: Quizás, quizás, quizás...

Si algo había que reconocerle a Johanna, era el empeño que estaba poniendo en que yo me sintiera como en casa. Aquella primera noche la cena se sirvió un par de horas más tarde de lo habitual, y Johanna se propuso preparar tortilla de patata. Hizo un primer intento con una receta sacada de Internet, y el resultado no fue precisamente bueno. Tras regalarle generosamente los restos de comida al perro de los vecinos, conseguí que aceptara mi ayuda y entre las dos creamos una exquisitez a partir de unos huevos, patatas y cebolla. El tiempo que tardamos en hacerlo lo utilizó en hacerme un interrogatorio de tercer grado. Cuando servimos la cena, la madre de Louis ya sabía mi comida preferida, mis aficiones, lo que pensaba estudiar en un futuro, si tenía novio... ¿Si tenía novio? No, por supuesto que no le tenía. ¿Qué pregunta era esa viniendo de ella?
La cena fue muy amena. Todos bromearon, incluso Louis dejó caer alguna que otra sonrisa. Bonitas sonrisas.
Les gustó nuestra tortilla. Johanna prometió que, una vez por semana, prepararía comida española. Le dejé recetas de todo tipo —a Charlotte le sorprendió sobremanera la de pinchos morunos— y, finalmente, tuvo lugar una exhibición de estereotipos españoles cuando las gemelas intentaron bailar flamenco.
Cuando subí a mi habitación, es decir, a la habitación de Louis, decidí que sería criminal no llamar a mis amigas. Las conocía lo suficiente como para saber que, a estas alturas, querrían saber más del chico de los ojos verdes de lo que yo quise cuando le conocí.
Me tumbé en la cama de un salto y marqué el número de Lucía. A los tres toques descolgaron y oí la estridente voz de mi mejor amiga chillar mi nombre. Ay, pobres Horan.
— ¡Candela! Un segundo, te pongo con las demás, están en espera.
— ¡¡Candela!! ¡Ya nos lo estás contando todo!
Las voces de Cris, Cristy, Lucía y Cristina se entremezclaron en una maraña de gritos, preguntas y risitas absolutamente insoportable. Tal y como esperaba.
Un par de minutos más tarde, había conseguido que reinara la tranquilidad justa para poder contarles lo sucedido en las seis horas que llevábamos sin vernos. Todo un logro.
— De verdad, no entiendo cómo no has intentado hablar con ese chico, ¡está como un tren! —rezongó Cristina al acabar mi relato.
— ¡Cristina!
— Vale, vale, pero te advierto: si no ligas con él, lo haré yo —bromeó ella. Espero que bromeara.
A veces el carácter de esa chica llegaba a resultar irritante. Lo digo por experiencia.
— En fin, ¿y qué habéis hecho vosotras? —inquirí, intentando desviar la conversación.
Me arrepentí al instante. De nuevo, era posible distinguir el griterío de mis amigas a través del altavoz incluso apartándolo de la oreja.
Media hora después, conseguí sacar esto en claro:
Lucía estaba encantada con los Horan. Eran una familia de irlandeses que se había mudado hacía poco a la ciudad. Nos contó que los dos hijos, Greg y Niall, eran unos chicos estupendos. Sobretodo Niall; según ella, tenían cientos de cosas en común y se reían muchísimo juntos. Aun sin verla directamente, pude darme cuenta de algo con claridad gracias al timbre de voz de mi amiga: se había vuelto a enamorar. Lucía llevaba teniendo irremediables flechazos desde que la conocí, cuando teníamos seis años. Aunque nunca los conseguía ni intentaba conseguirlos, a ella no le importaba. Su último objetivo antes de venirnos a Londres había sido su vecino, pero a partir de ese momento supe que el nombre “Niall” se repetiría constantemente en nuestras conversaciones.
Cristy, por su parte, también tenía su historia particular: compartía habitación que el menor de los hermanos Styles, Harry. Su hermana Gemma, en su opinión, también era un encanto. Sin embargo, Harry le había llamado más la atención por ser tan diferente a ella: abierto, extrovertido, bromista. Las cinco nos reímos un buen rato cuando Cristy nos relató sus peripecias. Decididamente, me habían entrado ganas de conocer a Harry.
Cristina, como no podía ser de otra forma, había adorado a los Ferguson. Su única hija, Rebecca, era unos cuantos años mayores que nosotras, pero aun así Cristina se las había apañado para entablar amistad con ella. Ésta incluso le había prometido presentarle a su mejor amigo, con mucho entusiasmo. Cristina siempre tan lanzada. Cómo la envidio.
Por último, Cris nos aportó algunos interesantes datos acerca de los Payne. El chico tan guapo con el que la vi charlar se llamaba Liam. Las otras dos hermanas era Ruth y Nicola. Cris se despidió de nosotras antes de tiempo porque, al parecer, Liam había propuesto ver Toy Story 3 en su habitación y ella no quería faltar. Vaya, que chico tan... ¿infantil? No, la palabra era dulce. Presentí que Liam me caería bien.
Fue entonces cuando miré mi reloj. ¡Las diez y media! Para una familia británica, ese debería de ser el significado de “trasnochar”. Supuse que Louis llegaría de un momento a otro, así que me despedí de mis amigas.
— ¡De acuerdo! Recuerda: ¡mañana nos vemos! —comentó Cristy con un deje de impaciencia.
— ¿Mañana?
— ¡Mañana es domingo, Candela! —me recordó Lucía, exasperada—. Todas las familias que participan en el curso se juntan para una comida juntas.
Oh, sí, era cierto. Por fin iba a conocer a los ya famosos Niall, Rebecca, Harry y Liam. Y por supuesto, ellos iban a conocer a Louis. Genial.
— Ah, es verdad. ¡Hasta mañana! —acabé a toda prisa, pues ya oía las pisadas de Louis al subir las escaleras.
— ¡Adiós!
Con mi torpeza característica, me metí rápidamente en mi cama y fingí estar apagando mi móvil. Buf, justo a tiempo. Mi compañero acababa de entrar por la puerta, ya vestido con un pijama que claramente había encogido, digno de unas buenas risotadas. Que contuve, por supuesto.
Louis se desplomó, literalmente, sobre su cama. Aquellos horarios eran demasiado para él. Pasaban los minutos, y como vi que la conversación no afloraba, decidí dedicarme a lo único que me entretendría y a él no le molestaría: leer.
Yo adoraba leer. No, miento, adoro leer. Cualquier otra afición me parecía absurda comparada con esa, a excepción quizás de la música, claro. En cada momento de mi vida, siempre había habido un libro. Me he ganado muchas burlas por parte de mis compañeros por culpa de esto, pero nunca me ha importado. Muchas veces, el mundo de los libros es mejor que el real.
Para mi estancia en Londres me había llevado mis dos títulos favoritos: “Harry Potter y las Reliquias de la Muerte”, que devoré en el avión y que ahora estaba a buen recaudo en casa de los Ferguson, custodiado por Cristina, y “los Juegos del Hambre”.
Saqué este último con cuidado de mi maleta, dispuesta a pasar en Panem el tiempo que durase la luz encendida en aquella habitación.
Pero ni siquiera llegué a quitar el marcapáginas, pues fui interrumpida por una voz que sólo denotaba una cosa: entusiasmo.
— ¿Los Juegos del Hambre?
Cerré el libro de sopetón y me encontré con los ojos verdes de Louis brillando como nunca antes. Es brillo que aparece en nuestros ojos cuando vemos algo que nos apasiona. Ese brillo que jamás creí ver en mi compañero de habitación.
— No me digas que... —me dio tiempo a musitar.
Como respuesta, Louis se levantó de un salto y de dirigió hacia un enorme armario situado a mi izquierda. Lo abrió y lo que vi en su interior me dejó fascinada: estanterías y estanterías repletas de libros apretujados, luchando unos contra otros por ver cuál destacaba más.
Me acerqué y acaricié los lomos, leyendo títulos a toda velocidad. El señor de los anillos. Harry Potter. El hobbit. Crónicas de Narnia. Agatha Christie. The Host. Shakespeare.
Y por supuesto, los Juegos del Hambre.
Mi mirada pasó de los libros al rostro de Louis, donde me topé con la sonrisa más amplia y sincera que he visto jamás en un ser humano.
Y es entonces cuando me di cuenta de que el mal presentimiento que tuve aquella mañana no fue más que una señal.
La señal de que, quizá, por fin había encontrado a alguien para mí.

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