viernes, 13 de abril de 2012

Capítulo 2: ¿Louis?

Louis. El chico de los ojos verdes se llamaba Louis. Al menos, así se había presentado él mismo al conocernos, en el aeropuerto. Llevábamos media hora viajando los ocho juntos en el monovolumen de la familia, y ese tiempo había bastado para darme cuenta de que los Tomlinson no había mentido en absoluto al elaborar su descripción. Eran numerosos, por supuesto, pero a acogedores y alegres nadie les ganaba.
A excepción, quizás, de Louis.
Louis. Seguía con el mismo mal presentimiento que me invadió nada más verle. Apenas hablaba: miraba por la ventanilla, sentado a mi lado, como si nada más existiera. 
Mi primera opinión fue que ese era su carácter y que nada podía hacer yo para mejorar nuestra relación, pero cuando su madre comenzó a reprenderle, comprendía que yo era el problema.
¿Había dicho yo algo? ¿Resultaba desagradable? Después del mal trago que había pasado en el avión, ya me preparaba para lidiar con una familia a la que no resultaba simpática; hasta que acepté que ya tendría mucho tiempo para intimar con Louis. Había otras seis personas en aquel coche que parecían deseosas de conocerme mejor.
Mark y Johanna eran el matrimonio. Eran dos personas muy alegres y joviales, y el hecho de tener que mantener a seis niños en lugar de a cinco no parecía sino gustarles.
Charlotte, Félicité, Daisy y Phoebe eran las hermanas pequeñas de Louis. Estas dos últimas, gemelas, se ganaron enseguida mi cariño con su excepcional sentido del humor. Las mayores eran muy agradables, apenas unos cuantos años menores que yo, y para mi sorpresa no me costó nada charlar con ellas de algunas trivialidades en un inglés fluido que creía no dominar. 
— Pronuncias muy bien, Candela —me alabó Johanna cuando hubimos aparcado frente a la casa—. ¿Ya habías participado en cursos como este antes?
— Lo cierto es que no. Aunque tampoco es para tanto, deberías oír a mi amiga Cristina hablar en francés. ¡Parece una francesa en toda regla! —bromeé.
— Cristina... Esa chica también ha venido contigo al curso, ¿no es cierto? —inquirió Mark, muy interesado.
— Sí. Es la chica que se aloja en casa de los Payne.
— Ah, si. Los Payne viven a un par de manzanas de aquí —me informó Johanna—. Son buena gente.
Bueno, por lo menos sabía que una de mis amigas viviría cerca. La conversación derivó hacia los vecinos de su propia urbanización, así que la abandoné y decidí echar un vistazo a la casa mientras recogía mi equipaje.
Los Tomlinson vivían en un pequeño chalet de dos plantas, situado en una urbanización muy tranquila a las afueras de Londres. Todo lo contrario a la idea que yo tenía en mente de alojarme en la gran capital británica. En el interior había un ambiente muy acogedor, donde las pequeñas pero aprovechadas habitaciones rebosaban muebles y objetos que competían por el espacio. Siete personas viviendo allí era todo un logro. ¿Dónde demonios iba a entrar yo?
Como respondiendo a mi pregunta, Johanna me comentó:
— Candela, te hemos hecho un hueco colocando una cama supletoria en la habitación de Louis. Es en la que hay más espacio, duerme solo. ¡Lou! —gritó, llamando a su hijo. Él apareció por la puerta principal, con los cascos puestos y mirada ausente—. Acompaña a Candela a tu dormitorio. Tiene que instalarse.
Definitivamente, el destino había querido hacerlo todo más complicado de lo que ya era. No podría pegar ojo sabiendo que a mi lado estaba un chico que no me soportaba sin razón aparente. ¡Un chico!
— Ya voy, mamá —murmuró con desgana, hablando por primera vez en una hora.
Agarró mi maleta y la llevó escaleras arriba. Me apresuré a seguirle. Allí me esperaba una sencilla pero armoniosa habitación pintada con tonos azules y que poseía una amplia ventana en el techo que proporcionaba toda la luz. Fuesen las que fuesen las aficiones de Louis, su madre se había encargado de que las paredes no las reflejaran. Ni un sólo póster. Limpias como una patena. Sentí un arrebato de comprensión hacia Louis: a mí me ocurría exactamente lo mismo.
— ¿De qué te ríes?
Vale, eso no había estado bien.
— Oh, de nada... —me disculpé, roja como un tomate—. Bueno, ahora somos compañeros, ¿no?
Le tendí una mano. Louis dudó. Su mirada pasó de mi mano extendida a mi cara, en la que intenté esbozar la mejor sonrisa que pude.
— Sí, supongo... —respondió, estrechándomela sin demasiado entusiasmo—. En fin, encantando de conocerte, Candela.
— Lo mismo digo, compañero.
Louis se apresuró a dirigirse hacia las escaleras, y yo comencé a deshacer mi equipaje.
El encuentro no hizo que yo albergara demasiadas esperanzas, pero lo que yo no sabía entonces es que los ojos verdes de Louis se clavaron en mi nuca una vez más, antes de irse.

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